Fotos: Daniel Robles
Este corazón es la obra de arte que Juan Diego hizo para este especial de Mochilas Empolvadas.

Claudia Cota se levanta más temprano que todos en su casa. Tiene una lista interminable de quehaceres que solo van aumentando según pasan las horas; tacha dos o tres pendientes de su lista y agrega cinco más. Estos días siente que no se da a basto. Es preparadora de impuestos y, con los estímulos económicos y los créditos fiscales, su bandeja de entrada se satura con correos de clientes que quieren apurarse a presentar su declaración. Su teléfono tampoco para de sonar y las juntas virtuales acaparan su agenda.

Después de nueve años de tener una oficina formal, en el 2020 Claudia tuvo que mudar su trabajo a casa; la pandemia la obligó a llevarse los expedientes y atender de manera remota a quienes solicitaban sus servicios. Aprendió a identificar los lugares más silenciosos de su hogar para responder a sus clientes y a esconderse en un cuarto para poder adelantar en su trabajo. No ha sido fácil. Es una mamá soltera que no tiene mayor apoyo para la crianza y, si ella no trabaja, no hay pan sobre la mesa.

De acuerdo con el Pew Research Center, el 23% de los menores de 18 años en Estados Unidos viven en una casa con un solo padre o madre; eso es tres veces más que en cualquier otro lugar del mundo. Según el mismo estudio, son las mujeres de entre 35 y 59 años las que por lo general se quedan con los hijos, los crían y los mantienen. Claudia Cota es una de ellas.

La mujer de 46 años es una emprendedora con un negocio que hasta antes de la pandemia era estable. Ahora circunstancias la obligaron a ponerse un sombrero más, el de maestra de sus hijos: Sofía, una adolescente de 14 años, y Juan Diego, un niño de 10 años con síndrome de Down. Su casa en Phoenix se convirtió, como millones de hogares en el mundo, en un centro de vida, trabajo y familia.

“Primero me volvía loca, tenía que estar en el teléfono trabajando y estar pendiente de la escuela, la casa, mis hijos… era mucho”, confiesa Cota.

“Además, yo no sabía cómo funcionaba su escuela, tuve que aprender a usar sus aplicaciones y a moverle a todo… pensé: si los niños no avanzan académicamente o si yo pierdo el negocio, pues ya veremos después”.

Lo más desafiante fue ayudar a que Juan Diego se quedara atento a sus clases, ya que el encierro le quitó la rutina a la que estaba acostumbrado.

“Al principio él estaba contento de estar en casa, como descansando, como si fueran unas vacaciones”, cuenta Cota.

El pequeño se quedaba en pijamas para sus clases y se sentía feliz con la libertad de no tener que alistarse y salir apresurado a la escuela.

“Pero pasó por diferentes etapas, se desesperaba por regresar a la escuela, luego se calmaba, se acostumbró a interactuar a través de las cámaras con sus compañeros, se empezó a arreglar para que las maestras le dijeran que se veía guapo, y se sentía bien”.

Sin embargo, los días de Claudia podían volverse caóticos de un momento a otro.

El primer intento

En octubre, después de siete meses de estar en casa y cuando apenas se habían acostumbrado a su nueva normalidad, Juan Diego volvió a la escuela, pero duró muy poco.

“Después del Día del Pavo suspendieron las clases por el alto número de casos de coronavirus en Arizona y, otra vez, ahí estábamos aprendiendo a hacerlo todo desde la pantalla”, cuenta Cota.

Pasaron las fiestas entre computadoras y tabletas, con terapias virtuales y como si su vida académica se hubiera puesto en pausa.

“Yo no siento que se atrasó, sino que se paró, que no avanzó… quizá aprendió otras habilidades técnicas, a comunicarse de una manera diferente a través de las pantallas, así que creo que académicamente no se atrasó, pero tampoco tuvo un gran progreso”, explica la mamá.

Juan Diego es bilingüe, pero habla muy poco, así que ella tenía que quedarse sentada a su lado durante las clases para auxiliarlo.

“Mi hijo necesita aprender a contestar en inglés para que sea más independiente”, admite. “Él entiende todo en español y contesta en español y en inglés. Pero a veces que la maestra le pregunta algo y él le contesta en español y la maestra no sabe que mi hijo le está contestando”, explica Cota.

Juan Diego se adaptó, con sus días buenos y malos, a la enseñanza en línea; pero nunca le tomó el gusto.

“Yo lo veía él que estaba muy ansioso aquí en la casa, pues todos estamos ansiosos, con el encierro y yo sabía que él quería volver a la escuela, pero no se podía”, explica Cota.

Cuando empezaron las jornadas de vacunación en Arizona, Cota sintió que estaba a un paso más cerca de la normalidad, pero no podía cantar victoria.

Fotos: Daniel Robles

Para abril de 2021, de acuerdo con los números del Departamento de Servicios de Salud de Arizona (ADHS, por sus siglas en inglés), ya son más de 4 millones de personas las que se han vacunado en el estado, lo que representa el 35% de la población; sin embargo, Juan Diego y su hermana Sofía aún no son parte de esa estadística por su edad.

Según los datos de ADHS, la mayoría de los vacunados son los blancos, con más de 1.25 millones de dosis aplicadas; los hispanos, como la familia Cota, ocupan el cuarto lugar con menos de 300,000 vacunas. Además, según los datos oficiales de vacunación, el grupo poblacional que más vacunas ha recibido es el de los mayores de 65 años, seguido por los jóvenes de 20 a 44 años. La única que califica para la vacuna en la casa es Claudia.

El esperado regreso a clases

Juan Diego se levanta apresurado para ir a la escuela. Le gusta ponerse guapo y, si lo dejaran, iría todos los días a clase vestido de traje. De vez en cuando se pone corbata para ir a esperar el camión y se emociona cuando le dicen lo bien que se ve. Es muy simpático y le encanta bromear.

“Para él, ¡todos los días son una fiesta!”, exclama su mamá.

En marzo volvió por fin a las aulas y su ánimo mejoró. De acuerdo con el Departamento de Salud Pública del Condado Maricopa, hasta el 8 de abril de 2021, más de 26 mil trabajadores de la educación habían sido vacunados por las autoridades sanitarias contra el covid; muchos más recibieron la inoculación por su cuenta. El personal que labora en las escuelas también tuvo acceso prioritario a la vacunación antes de la reapertura escolar en marzo de 2021.

“Juan Diego no tiene ninguna otra condición de salud, me da tranquilidad que las maestras estén vacunadas y sabía que iba a estar en un salón contenido de unos cinco niños, por eso no dudé en mandarlo a la escuela de nuevo”, dice Cota.

Su mamá dice que Juan Diego también duerme mejor y la ansiedad está bajo control.

“Me gusta saber que está de buen ánimo y está mejor atendido, porque pues yo estoy trabajando y ahorita es cuando más trabajo tengo, además,  yo soy mamá soltera, yo no tengo quien me ayude más que las proveedoras, y con ellas y sus terapias está feliz y yo también”, añade.

Cota dice que hace un par de semanas, Juan Diego retomó todas sus terapias y solo algunas son virtuales. Él se emociona al salir y socializar, retomar la rutina, aunque implique salir con cubrebocas y un desinfectante de manos en la bolsa.

“A él le gusta mucho hacer reír a la gente y le gusta hacerse el chistosito y que la gente se ría. ¡Es un encanto!, es como un comediante. A veces llega disfrazado de médico, de policía; todos los días quiere party y celebrar algo”, dice Cota.

Lo que más ha celebrado es su regreso a clases; Claudia, también.

“No hay como estar en la escuela y que lo estén atendiendo bien; la verdad que estoy contenta por él y por nosotras”.

Cuando llega de clases está cansado y se le ve pleno. No hace los movimientos repetitivos que, dice su mamá, se habían agudizado durante el encierro; tampoco se balancea ni se come las uñas. Ella también, a pesar del exceso de trabajo, se siente mucho más tranquila. La escuela los hace sentir que sí hay una luz de esperanza y que aún no es muy tarde para impulsar el desarrollo de ese niño coqueto que reparte “te amo” a los que conoce y a los que le dicen que feliz se ve más guapo.