Salvador Reza

Phoenix, Aztlán

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(Donde vive el espíritu de la verdad)

Es un misionero, no envidio su vida”, dijo Don Pedro F. Ruiz. Don Pedrito como le decíamos con cariño, era un anciano de noventa y tantos años en Tonatierra, que fue líder sindical desde los escasos 14 años, cuando vio un capataz de la hacienda rajarle el brazo de un machetazo a un peón que se estaba tomando un descanso.

Con el brazo sangrando y todo lo obligo a seguir trabajando y de allí Don Pedrito organizo a los peones para destituir al capataz en una huelga generalizada de la hacienda.

Tuvo que huir por las represalias y así siguió organizando hasta que se encontró con el líder sindical César Chávez y se convirtió en uno de los principales organizadores en Arizona junto con Gustavo Gutiérrez.

A lo que vino su comentario es que por mucho tiempo Don Pedrito era al que se le pedían concejos cuando se tenían que hacer decisiones gracias a su experiencia. Pero por un tiempo vino un Maracame Wirrarika (Huichol) y Don Pedrito paso a segundo plano donde ya no iban con el sino con el Maracame.

Una vez lo vi pensativo y le pregunte que sí que le pasaba a lo que me contesto: “Es un misionero, no envidio su vida”.

Palabras sabias que todos deberíamos ponderar cada vez que piensen que alguien te quitó tu posición, subió más alto, tiene más dinero, le va mejor en el trabajo, en la escuela en los negocios.

Porque en realidad no sabes los demonios que los rodean y con los que tienen que combatir aquellos con puestos materiales o espirituales más altos.

Desde los tiempos de la mitología griega las aflicciones humanas se transmitían a través de las deidades como Zeus y la famosa Caja de Pandora. Entre los siete males de la caja de Pandora estaba la envidia.

Después estos pecados fueron declarados en siete pecados mortales por la iglesia cristiana, pero eso no se limita a la experiencia europea, esto es algo mundial que aflige a la humanidad entera cuando los seres humanos viven en la inconciencia enajenada en todos los ramos de la sociedad.

La envidia se refleja en el comercio, en la política, la academia, la iglesia, la espiritualidad de todos los ramos, budista, indígena, musulmana, etc,

Y el que envidia no sabe de lo que se salva al no tener lo que anhela. El que envidia aquel con un vehículo Lamborghini, no entiende que para poder pagar un vehículo de $220,000 tiene que trabajar noche y día sin descanso sin los placeres de una vida placentera con su familia y sus hijos.

Posiblemente tendrá que andar en negocios turbios de drogas o simplemente maniobrando en los negocios sin sentimientos y sin escrúpulos, simplemente para satisfacer el otro pecado de la vanidad; no sabe ni de lo que se salva con su carcacha de $3,000 que al fin y al cabo lo lleva de un lugar a otro sin la preocupación que se lo vayan a robar, lo vayan a rayar, lo vayan a chocar.

La envidia carcome el alma, provoca enfermedad espiritual y física y a veces lleva a tomar acciones negativas con el afán de superar al vecino, al contrincante. Piensan que con lo material enseñan su valor, pero solo enseñan una pobreza espiritual digna de compasión y lastima.

Cuando un boxeador, un artista, un comerciante presume de sus cantidad de autos lujosos en lugar de darme envidia, o gusto, me provoca lástima porque han sido consumidos por el mismo sistema capitalista que provoca la exageración de los pecados capitales que se manifestaron al escaparse de la caja de Pandora.

Así como bajo este sistema no hay antídoto para la avaricia tampoco hay para la envidia y solo volviendo a los ritos antiguos de la Madre Tierra logra el ser humano reconectarse a su verdadera humanidad y superar la envidia y la avaricia.

Esos ritos solo los pueblos originales del mundo los siguen practicando en su vida diaria.