Salvador Reza

Phoenix, Aztlán

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(Donde vive el espíritu de la verdad)

La oscuridad y la luz son hermanas en el vaivén del universo, una no existe sin la otra, y las dos se necesitan en el balance de la inmensidad de la creación. La Tierra en su danza anual oscila entre las tinieblas y la iluminación y nosotros los seres vivientes las necesitamos de la misma manera que necesitamos el aire para respirar, el agua para vivir y la comida para nutrirnos.

El ártico y el antártico se comparten por varios meses la oscuridad y también la luz, nosotros, entre más cerca del ecuador estamos compartimos su esencia en espacios de tiempo que se dividen entre la noche y el día. En los polos de la Tierra son meses de luz y meses de oscuridad nosotros solo tenemos el día y la noche que nos da la tranquilidad de una vida balanceada entre las horas de actividad en el día y las horas de descanso en el sueño.

Hay aves migrantes que siguen el vaivén de la tierra desde el polo norte hasta el polo sur guiándose por las estrellas y las estaciones del año, mientras las aves en el mundo entero se duermen al meterse el sol y se levantan al amanecer o viceversa como es el caso del búho que su actividad es nocturna mientras duerme de día.

El ritmo de la tierra rige cada una de nuestras actividades desde la siembra hasta la cosecha, las horas de descanso y las horas de actividad. Es un baile ancestral que se imita en las danzas ancestrales por los pueblos originarios en el mundo entero.

También, cuando nos salimos del ritmo afecta el comportamiento no solo de los humanos sino de todas las especies terrenales; cuando fui Alaska con nuestros hermanos Athabascan en un pueblito que se llama Villa Artica la luz no desaparece en el verano, a lo más se ve como si fuera las 6 de la tarde a la una de la mañana, mi cuerpo no sabía ni a qué hora dormir ni a qué hora despertar y se sentía como cuando uno anda de parranda toda la noche y sale a las seis de la mañana a la luz del día y no sabe uno si acostarse o traer otro conjunto norteño para que siga la fiesta.

El punto es que somos seres naturales atados totalmente al ritmo de la madre Tierra, las estrellas, la luna, el sol, y con los avances tecnológicos modernos nos hemos desbalanceado.

En las grandes ciudades ya no hay oscuridad aun si la oscuridad tiene su razón de ser, la gente vive de noche y duerme de día; las grandes empresas tienen turnos las 24 horas y las grandes ciudades como Nueva York o Las Vegas no tienen descanso. El ritmo natural está fuera de control y como consecuencia tienen más casos de salud mental, crimen, suicidio, y desbalance social.

El mal está asociado con la oscuridad y el bien asociado con la luz, sin embargo ambos se necesitan para traer ritmo y balance a los seres vivientes, a las plantas, a los peces, a las aves, igual necesitamos el espíritu de una águila como necesitamos el espíritu del búho cada quien en su respectivo tiempo y espacio.

Entre más avanzamos tecnológicamente más nos alejamos de nuestro ritmo natural, pero es nuestra obligación buscar las fuerzas naturales que traen balance a nuestras vidas a pesar de la esquizofrenia mental a las que estamos expuestos día a día.

Es por eso que aprender de nuestros hermanos que todavía buscan la armonía con la Madre Tierra es tan importante, las ceremonias ancestrales, las danzas, nos reconectan y nos sirven de ancla para no andar norteados y nos orientan hacia la salida del sol.

Algo tan sencillo como dar la bienvenida al Sol por la mañana y la despedida por la tarde nos reconecta a su ritmo y no requiere más que levantarse temprano y estar consciente de la metida del sol por la tarde, por algo se comienza, pero no podemos seguir en esta carrera esquizofrénica que nos conduce a la locura total antes del cataclismo climático que nos acecha.