Maritza L. Félix

Periodista

@MaritzaLFélix

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Qué equivocados estamos al pensar que la travesía migrante termina al llegar al destino. Quizá es que soy una obsesionada del día después, porque dentro de mis muchos privilegios, yo también migré y lloré de impotencia ya en el otro lado.

A veces la frontera asfixia y el desierto, el río y el muro se convierten en los dictadores de la muerte: tú pasas, tú te quedas… tú hasta aquí llegaste. Las cruces las cargamos todos.

La muerte de 51 migrantes sofocados en un camión en Texas, casi todos mexicanos, es una consecuencia de sistemas migratorios obsoletos, gobiernos corruptos, necesidades urgentes y fantasías de un futuro, no sé si mejor, pero al menos posible. Es el reflejo de la sociedad en la que nos hemos convertido, donde unas vidas parecieran protegerse con más fuerza y otras se sacrifican en pro de la seguridad nacional. Sí, tenemos una doble moral que inclina la balanza a nuestra conveniencia.

La tragedia registrada esta semana en San Antonio no es la primera. Este año salió un reporte donde se confirma que las carreteras se han convertido en los cementerios de migrantes: accidentes, persecuciones fatales o abandonos descarados, como este. Se mueren muchos… también niños. Dan su vida porque no quieren que se las quiten con violencia… y en el trayecto se convierten en una ofrenda en sacrificio.

La frontera mata y burla; pero a ella también la violan y la prostituyen por dinero o política, por elecciones o reelecciones. Esas acciones que se han tomado por décadas para frenar la migración indocumentada a Estados Unidos es una utopía. La gente sigue cruzando, por las buenas y por las malas. El año pasado murieron 650; uno antes, 557; en 2020, 254, y fueron 300 en el 2019.   

Blindar la frontera les conviene a unos pocos: los políticos en campaña y los traficantes de sueños. ¿Cuánto cuesta militarizar la zona fronteriza? Basta con ver el presupuesto. ¿Cuándo vale el sueño americano? Basta con ver el cementerio. ¿Qué controlan las fronteras? Solo el poder.

Quizá si intentáramos dejar de parchar agujeros en la porosa frontera y legisláramos una reforma, salvaríamos vidas. ¿A cuántos tenemos que velar para entender que migrar es complejo, pero incluso así un derecho? ¿Cuándo entenderemos que la culpa la tenemos todos?

No la travesía no empieza ni termina en el destino. Migrar es casi siempre un camino de ida, sin final. Uno migra todos los días con lo que trae puesto por dentro, con la nostalgia, los miedos y lo que quisiera ser y tener. No se puede migrar a medias. Se muda uno con todo el bagaje que no se ve, pero pesa al andar. Uno migra porque quiere o porque tiene. Uno migra para vivir, no para morir ahogado.

Maritza L. Félix es una periodista, productora y escritora independiente galardonada con múltiples premios por sus trabajos de investigación periodística para prensa y televisión en México, Estados Unidos y Europa. Es becaria Senior programa JSK Community Impact de Stanford, The Carter Center, EWA, Fi2W, Listening Post Collective, Poynter y el programa de liderazgo en periodismo de CUNY.