Salvador Reza

Salvador Reza

Phoenix, Aztlán

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(Donde vive el espíritu de la verdad)

Todo mundo tiene el derecho de buscar, “la vida, la libertad y perseguir la felicidad”. Así dijeron en la Declaración de Independencia de Inglaterra lo colonos peregrinos. Esto, al tiempo que le quitaban la vida a los aborígenes de estas tierras, los privaban de su libertad, y les quitaban la felicidad expulsándolos del paraíso terrenal en el que vivían rodeados de los hermanos como el búfalo, el lobo, el venado, y todas las plantas medicinales y nutritivas que fueron puestas para su bienestar.

Friedrich Engels y Karl Marx en el análisis del libro escrito por Engels “Los orígenes de la familia, la propiedad privada y el estado”, argumenta que la sociedad “primitiva” o sea la “salvaje” tiene un concepto comunal de comunismo primitivo. Sin embargo no alcanzan a vislumbrar la influencia que la naturaleza misma tiene en la organización original de los pueblos existentes antes de la llegada europea.

Se fijan más en la estructura que en el contenido profundo de la espiritualidad que guía a los pueblos originales en armonía con la naturaleza viva y todas las especies de plantas y animales que habitan en el mismo globo terrestre que compartimos.

El concepto de propiedad privada no es originario de este continente, es un concepto engendrado de la enajenación de nuestro ser natural; quizás la organización patriarcal también es un resultado de la enajenación donde La Madre Tierra deja de ser una madre viva en los ojos europeos para convertirse en propiedad.

Al mirar la Madre Tierra como propiedad es un paso más antes de convertir a la mujer en propiedad privada de un hombre, un terrateniente, un hacendado, un patrón, un patriarca.

Cuando Lewis H. Morgan vino a “estudiar” a los pueblos Haudenosaunee, llamados Iriquois por los franceses y los apuntes de Karl Marx ellos estaban más interesados en analizar como la sociedad europea se había desarrollado a un nivel capitalista donde la parte comunal se había destruido en el capitalismo incipiente después de la edad media y la desaparición de los reinados ahora convertidos en estados.

Les importaba poco las creencias consideradas mitos de los aborígenes que le hicieran ceremonia al agua, al sol, al viento, a la tierra era de muy poco interés a las mentes europeas que buscaban deslindarse del concepto religioso etiquetándolo como el opio de los pueblos.

Y la manera que la religión, esa búsqueda de la espiritualidad desvirtuada por casi dos mil años de corrupción y manipulación para fines políticos y económicos para el control de los pueblos, había sido cómplice de la explotación del  “hombre por el hombre,” quizás sea comprensible, pero también fue una venda en los ojos analíticos de los filósofos y antropólogos europeos que veían el mundo a través del cristal roto con el que habían crecido.

Los pueblos originales de este continente no perseguían la felicidad, vivían en la felicidad honrando lo que nos da vida y los derechos inalienables eran parte de su ser y no tenían que buscarlos como los invasores depredadores que lo habían perdido ya varias generaciones anteriores a la invasión.

La vida y la libertad no estaban basados en ser propietarios de la Madre Tierra, estaban basados en ser parte compartida de los elementos de vida que todo ser humano necesita y además estar consiente de esa conexión individual, social, y espiritual que tanto anhelaba el peregrino perdido que traía dentro de su ser la destrucción del próximo para sentirse superior no solo a los animales sino a todo aquel elemento humano que no se mirara como él, que no pensaba come él, y que insistía en proteger a la Madre Tierra como una madre viva y no un pedazo de terreno para poseer y para explotar.