Maritza L. Félix

Periodista

@MaritzaLFélix

maritzalizethfelix@gmail.com

Crecí en un pueblo en México marcado por las rivalidades políticas. Desde las contiendas por la dirección de los comités juveniles hasta las intensas carreras presidenciales, todo era un “estás con nosotros o estás contra mí”; plural y singular, como todo en campaña. No era el candidato, nunca; la fidelidad se le otorgaba al partido como la fe a los santos. Los tibios no cabían. Yo era tibia; nunca cupe ni quise caber. Además, era una niña demasiado ideológica, demasiado pensante. Sin embargo, fue la política la que me tiene hoy aquí escribiendo. Ironía.

Por muchos años vi las mismas campañas con diferentes nombres. Las promesas eran siempre iguales y nunca cumplidas, como si fuera estatuto de partido heredarlas para asegurar el cargo. Era como un protocolo. Unos sabían que iban a ganar y otros que perderían; entonces, empezaban las negociaciones por debajo del agua, las que mantenían la balanza estable. Hasta que llegó la alternancia.

No hubo gran cambio en las contiendas. Los únicos que alternaron fueron los candidatos que se deslindaron del partido viejo y juraron apegarse a la ideología del nuevo; se fueron los que no pudieron nunca conseguir hueso en el de antes y cambiaron de camiseta, color y emblema, pero nunca de ambiciones. Luego vi nacer y morir otras afiliaciones. Y aquí seguimos, vendiendo, comprando y votando esperanza. Ciclados.

Estados Unidos no es tan distinto: dos partidos políticos que marcan pauta y ensanchan brechas sociales; alternancia casi programada por el hartazgo y nunca hay tregua. La bolita se la pasan entre ellos y todos los demás nos quedamos en medio, casi lelos, y pensamos que quizá si nos movemos haya un cambio. Pero ¡cuánto cuesta moverse! Al electorado pareciera solo empujarlo la ira, la indignación o las patadas. Se vota siempre en contra de algo.

Pero algo está cambiando aquí y allá. Un fenómeno electoral contradictorio. Muchos se bajan del barco del partido y comienzan a apoyar a candidatos. Esto no significa que Estados Unidos se convertirá pronto en un país púrpura, pero sí en uno donde no se le tenga devoción ciega a unas instituciones que han envejecido en el sistema, uno tan obsoleto en cuya democracia no gana el que tiene más votos, sino más cartuchos políticos. No gana el pueblo, siempre llega a la Casa Blanca el poder. Esto no es independencia.

También puede ser peligroso, como ejemplo, Florida, un estado en extremo conservador que en las pasadas elecciones primarias votó por la “alternancia”. No votó por el partido, pero sí un candidato abanderado por una oposición, pero con ideales del contrario. En palabras más sencillas, un exgobernador republicano ganó las primarias como candidato del partido demócrata. Ahora bien, el fenómeno Trump. Después de la investigación del FBI, miles han considerado que esa que llaman “cacería política” contra el expresidente es en realidad su fortaleza. Lo subieron a un pedestal y le refrendan su apoyo incluso sobre el partido republicano. Si Trump se lanzara para el 2024 como independiente, ¿sería alternancia?

Maritza L. Félix es una periodista, productora y escritora independiente galardonada con múltiples premios por sus trabajos de investigación periodística para prensa y televisión en México, Estados Unidos y Europa. Es becaria Senior programa JSK Community Impact de Stanford, The Carter Center, EWA, Fi2W, Listening Post Collective, Poynter y el programa de liderazgo e innovación en periodismo de CUNY.