Cómo el cuerpo manifiesta el estrés y el impacto emocional después de una crisis.
Por Guillermo Ontiveros, Tanatólogo Clínico
Cuando algo nos duele por dentro, el cuerpo suele saberlo antes que nosotros.
Hay dolores que no se expresan con palabras, sino con insomnio, con un nudo en el estómago, con presión en el pecho o con una fatiga que parece no tener explicación. El cuerpo tiene su propio lenguaje. Y cuando no lo escuchamos, insiste.
Decimos “estoy bien” mientras los hombros pesan, la respiración se acorta o el apetito cambia. Aparecen dolores musculares, migrañas, tensión constante o un cansancio que no mejora con descanso. Buscar atención médica siempre es importante, pero también es necesario reconocer que en muchas ocasiones existe un componente emocional: una tristeza contenida, un duelo no elaborado, un miedo que no se ha expresado.
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El cuerpo también llora. Lo hace cuando las emociones no encuentran salida. Por eso aprender a reconocer sus señales no es exagerar lo que ocurre, es ejercer autocuidado.
El cuerpo no traiciona; informa. A través de molestias o síntomas nos muestra que algo necesita atención, que el ritmo que llevamos puede no ser sostenible o que hemos acumulado más de lo que podemos sostener. Esto no es debilidad, es conciencia.
Escuchar al cuerpo implica detenerse con honestidad y hacerse preguntas sencillas:
¿Qué necesito en este momento?
¿Qué emoción estoy evitando?
¿Qué estoy callando que me pesa?
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El cuerpo guarda memoria. Registra pérdidas, sustos, enojos no expresados y experiencias que intentamos minimizar. Cuando el silencio emocional se prolonga, el malestar aparece. A veces como dolor físico, otras como agotamiento persistente o una sensación difícil de describir. Darle espacio al cuerpo para descargar tensión —caminar, respirar con calma, descansar sin culpa, hablar de lo que sentimos— no es dramatizar, es prevenir un desgaste mayor. Cuidar el cuerpo no es solo alimentarlo bien o dormir lo suficiente. También es permitirle liberar lo que ha estado cargando: preocupación, tristeza, enojo, ansiedad.
La mente puede intentar ignorarlo, pero el cuerpo suele recordarlo.
La próxima vez que algo duela sin una explicación clara, además de preguntar “¿qué tengo?”, quizá valga la pena preguntarse también “¿qué estoy viviendo por dentro?”.
En muchas ocasiones, el cuerpo no está enfermo: está expresando lo que aún no hemos podido nombrar. Escucharlo puede ser el primer paso para recuperar equilibrio y bienestar.
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