En su columna de opinión, el activista Salvador Reza reflexiona sobre cómo el dinero y los intereses corporativos dictan el rumbo de las elecciones y alejan a los políticos de sus barrios. Foto: Ilustración especial Prensa Arizona
El ritual cíclico de las elecciones se llevará a cabo este noviembre para elegir a diferentes funcionarios públicos, pero la ilusión de que nosotros determinamos cómo y quién nos representa es un ritual muy antiguo que no está basado en la realidad.
En la política, como en los negocios, el patrón es el dinero y los políticos que alcanzan el éxito son aquellos que aprenden la lección de que “a quien tienen que responder es al dinero”. El dinero financia sus campañas, les consigue anuncios en la televisión y financia proyectos que destruyen barrios, como fue el caso del tren ligero en el sur de Phoenix; también consigue puestos lucrativos para quienes traicionan al pueblo una vez que se retiran de la política.
Promesas de juventud y la cruda realidad
En mis 50 años como organizador, he tratado con muchos políticos. Durante su juventud universitaria, la mayoría decía que quería ingresar a la política para mejorar su comunidad, su barrio, su pueblo, su gente. Y, en su inocencia juvenil, la mayoría realmente lo creía y es como el amor estudiantil, cuando se jura amor eterno. Luego se involucran en organizaciones “no lucrativas” y campañas sindicales, al mismo tiempo que estudian en universidades y colegios comunitarios, siempre con el sueño de volver al barrio.
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El barrio puede llamarse Logan Heights, en San Diego; el Segundo Barrio, en El Paso; East L.A.; Cuatro Milpas, en Phoenix; o Ysleta, en El Paso, Texas. El nombre es lo de menos. Las condiciones de pobreza, drogadicción, abuso policial y mala educación en las escuelas son el común denominador de todos estos barrios.
Si me dieran un dólar por todas las veces que he escuchado a jóvenes universitarios decir: “Cuando me gradúe como abogado, voy a volver al barrio para defender a mi gente”; “cuando me gradúe de médico, volveré al barrio para poder curar a mi gente”; o “cuando sea profesor, abriré una escuelita en el barrio para que a los morros no les pase lo que me pasó a mí”, sería millonario.
El costo del “progreso” y el olvido
Veinte años después de graduarse, cuando ya son abogados, doctores, presidentes de asambleas políticas o ingenieros, me los encuentro en restaurantes como El Pitic o La Barquita. Después de un caluroso saludo, les pregunto a mis amigos políticos: “¿Cómo aprobaste que enviaran a la Guardia Nacional a la frontera cuando tu familia llegó por el desierto?”. Su contestación es: “Es que tú no entiendes, Reza; fue una movida política para que no militarizaran la frontera”.
Al que se graduó de abogado le pregunto: “¿Y dónde trabajas?”. Me responde: “Trabajo para una corporación de inversionistas en las que compramos casas viejas y las convertimos en lofts; estamos mejorando el barrio”. Le pregunto: “¿Y las familias desplazadas?”. Me contesta: “Pues compramos el terreno porque las casas ya no valen nada”. “¿Y para dónde se van?”. “Pues ese es problema de la ciudad. Nosotros no somos beneficencia pública. We are all business”.
Así me he encontrado con diferentes profesionistas que ingresaron a las universidades gracias al movimiento chicano y a la lucha por los derechos civiles, que impulsaron la apertura de las instituciones educativas mediante la acción afirmativa. Ahora son profesores universitarios, políticos, doctores y abogados; la mayoría ya está retirada.
Sin embargo, el patrón es similar hoy en día. Se individualizaron, aprovecharon el empujón y después se olvidaron de la razón por la que comenzaron a luchar. Individualmente, muchos se beneficiaron, pero quienes se quedaron atrás ingresaron a la academia de las prisiones. Algunos también siguieron el dinero, pero por la vía del narcotráfico.
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Aquellos que simplemente se quedaron como obreros siguen allí, en el barrio de la desesperanza, en su casita deteriorada. Tardaron 30 años en pagarla para luego verla ser aplastada por el voto de amigos de su niñez que escalaron posiciones en la burocracia de la ciudad, el estado y la nación, pero con la distinción de haber traicionado a su barrio.












