De detención juvenil a la ASU: Jessie Martin transformó su vida

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Jessie Martin vivió momentos difíciles en su vida que lo llevaron al centro de detención juvenil, pero ahora estudia ingeniería en la ASU. CORTESÍA / St. Vincent de Paul 

Tiene solo 23 años, pero Jessie Martin habla con la serenidad de quien ha vivido varias vidas en una. Años atrás, tuvo una vida juvenil turbulenta en la que, incluso, tuvo problemas con la ley. Hoy es un estudiante de segundo año de Ingeniería Civil en una de las universidades más prestigiosas de Arizona, la ASU.

En entrevista con Prensa Arizona, relata cómo ha sido su camino hasta aquí, marcado por el miedo, la detención juvenil, el riesgo de quedar en situación de calle y cómo el eco de los sacrificios de su madre, una inmigrante guatemalteca lo llevaron a buscar salir adelante. 

Jessie proviene de una numerosa familia, es el menor de seis hermanos. Sus padres, inmigrantes guatemaltecos, intentaron todo para darles una mejor vida, aunque eso incluyera sacrificios, escasez y hasta violencia familiar. 

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Debido a lo que vivía en su casa, con un padre violento y una madre que se quedó para no abandonar a sus hijos, la vida del joven estuvo a punto de descarrilarse. Se juntó con malas compañías que lo involucraron en actos ilícitos y eso lo llevó a un centro de detención juvenil en su natal Minnesota

Sin embargo, a pesar de ello, ese momento oscuro en su vida fue para él un despertar. Escuchó a una madre que lo había dado todo, decepcionada porque su hijo no aprovechaba las oportunidades que tanto le habían costado.

Cuando él llamó a su madre al ser detenido, ella le dijo que no lo sacaría de ahí. Que él se había involucrado en esos problemas y que ella ya estaba cansada.

“Fue un momento de despertar. Tuve tiempo para reflexionar sobre lo que estaba haciendo y qué quería realmente para mi vida y mi familia”, relató Jessie. 

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Hoy, el joven de 23 años es estudiante de segundo grado de Ingeniería Civil en la ASU. CORTESÍA / St. Vincent de Paul 

Durante ese tiempo, las palabras de su madre resonaron con fuerza. Ella, además de sobreviviente de abuso doméstico, trabajó turnos de 12 horas de pie en plantas procesadoras de carne.

Ese deseo de honrar el esfuerzo de su madre, quien soportó maltratos y agotamiento físico para darle un futuro en Estados Unidos, se convirtió en su motor.

“Me puse a pensar que estaba tomando todo su esfuerzo en vano. Ella se paraba por turnos de 12 horas sin poder sentarse… llegaba a la casa y se ponía a llorar diciendo que no quería esa vida para mí”, dijo.

Sobrevivir en una ciudad nueva

Al cumplir los 18 años, Jessie decidió mudarse solo a Arizona para perseguir su sueño de ser ingeniero. Sin embargo, la realidad lo golpeó al aterrizar: debido a las leyes locales, no podía rentar un hotel por ser menor de 21 años.

“Sentí miedo. No quería ser una de esas personas que pierden contacto con su familia y quedan abandonadas en la calle. Me sentía insignificante, sin valor”, confiesó.

Gracias a la hospitalidad de desconocidos y conocidos de su madre, Jessie encontró refugio temporal en apartamentos hacinados, donde estudiaba entre el caos y la falta de espacio. 

Sin embargo, su determinación lo llevó a Phoenix College, un Instituto al Servicio de los Hispanos (HSI), donde encontró no solo educación, sino una red de apoyo que lo conectó con oportunidades en la Universidad Estatal de Arizona (ASU).

La educación como herramienta de protesta

Actualmente, Jessie cursa su segundo año de Ingeniería Civil en ASU con una beca completa que cubre vivienda y alimentación. Gran parte de su estabilidad actual se la debe a asociaciones como St. Vincent de Paul, que lo han apoyado financieramente en los meses críticos donde las becas tardan en llegar.

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No toma los sacrificios de sus padres guatemaltecos en vano, quienes buscaron para él una mejor vida. CORTESÍA / St. Vincent de Paul 

Y no solo el programa de becas First-Generation Scholarship de St. Vincent de Paul lo apoyan económicamente, sino que también brindan acompañamiento a los becados, con mentorías, lo cual es de suma importancia, especialmente para Jessie, quien no cuenta con su familia en Arizona.

“St. Vincent de Paul ha estado ahí en el fondo, echándome porras para mi éxito y siempre empujándome a ser mejor. Ha sido beneficioso tanto emocional como financieramente para mi vida”, detalló.

Para Jessie, estudiar ingeniería, una carrera que eligió al ver a su padre trabajar tantos años en obras de construcción, no es solo un logro personal, sino una postura política y social.

“La educación es un camino al liderazgo y una forma de protesta. Al tomar esos puestos y trabajos que no estaban destinados para nosotros, tenemos el poder de crear un cambio dramático”, afirmó con convicción. 

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“Siendo ingeniero tengo una voz; la empresa me va a necesitar. Como trabajador manual, es más difícil luchar contra las injusticias”, mencionó con respecto a lo que se vive en política migratoria en el país.

A pesar de la soledad que implica estar lejos de su familia, Jessie se mantiene enfocado. Le faltan dos años para graduarse y convertirse en el ingeniero que aquel “niño que jugaba a ser Bob el Constructor” siempre quiso ser.

Su mensaje para otros jóvenes es claro: no rendirse ante las estadísticas ni la retórica política. Su vida es el testimonio de que, al aceptar que no siempre se tiene el control total, se puede encontrar la fuerza para seguir la voz interior que dice “continúa”.

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