Cuando el alma entra en crisis, lo primero que necesita no son palabras bonitas, sino presencia humana. CORTESIA: Freepik

Guillermo Ontiveros, Tanatólogo Clínico
¿Qué son los primeros auxilios psicológicos y por qué todos deberíamos conocerlos?
Hay momentos en los que la vida se quiebra sin previo aviso: una llamada inesperada, una pérdida, una noticia que lo cambia todo. En segundos, el cuerpo reacciona, la mente se confunde y el alma parece perder el equilibrio. Nadie está preparado para eso y, sin embargo, todos, tarde o temprano, enfrentamos ese instante en el que lo emocional se vuelve urgente.
Cuando el alma entra en crisis, lo primero que necesita no son palabras bonitas, sino presencia humana. Estar ahí, sin juicios, sin intentar arreglar lo irreparable, sin dar consejos vacíos. A veces, lo más sanador no es hablar, sino escuchar; no es prometer que todo estará bien, sino sostener el silencio y acompañar con respeto.
Los primeros auxilios psicológicos no se tratan de ser expertos en emociones, sino de saber acompañar con sensibilidad. En un mundo donde todo va deprisa, detenerse frente al dolor del otro se ha vuelto un acto profundamente humano. Aprender a hacerlo salva vínculos, evita daños mayores y, sobre todo, nos recuerda que no estamos solos.
Cuando alguien atraviesa una crisis, ya sea por una pérdida, un accidente o una ruptura, lo más importante es reconocer que su reacción es normal ante una situación anormal. El miedo, la confusión o la negación son respuestas naturales del cuerpo y la mente intentando adaptarse. No hay debilidad en llorar ni fortaleza en aparentar calma; hay humanidad en ambas.
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Acompañar comienza con tres pasos simples:
Acércate con respeto. No todos quieren hablar; pregunta antes de intervenir. A veces basta solo con tu presencia.
Escucha sin prisa. Deja que la persona exprese lo que siente, aunque sea contradictorio o desordenado.”
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No se necesita una formación especial para ofrecer consuelo; se necesita empatía: estar atentos, presentes y dispuestos a reconocer el dolor sin miedo a él. Porque, aunque no podamos evitar la tormenta, sí podemos ser ese refugio momentáneo donde alguien respira, se calma y recuerda que la vida sigue.
Cuando el alma entra en crisis, lo que más necesitamos es sentirnos vistos, escuchados y acompañados. No hay frase más poderosa que un “estoy contigo” dicho con verdad y, a veces, eso basta para que el alma comience a encontrar su propio camino de regreso a la calma.
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