El tema de los archivos Epstein rompieron la lealtad de algunos congresistas como Marjorie Taylor Greene y desnudaron la crisis republicana. Foto: Cortesía /
La congresista Marjorie Taylor Greene, antaño una de las aliadas más incondicionales de Donald Trump, ha desatado una crisis política con revelaciones que sacuden al movimiento MAGA.
Su ruptura con el expresidente, a quien ahora acusa de priorizar la protección de “amigos” poderosos sobre la justicia, coincide con durísimas críticas al liderazgo de su propio partido en la Casa de Representantes.
Este doble enfrentamiento no solo es personal, sino un síntoma de las profundas grietas y la disfuncionalidad que amenazan al Partido Republicano a pocos meses de unas elecciones intermedias cruciales.
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El punto de no retorno fue una llamada telefónica con Trump, que Greene relató al New York Times; tras una conferencia de prensa en la que prometió revelar los nombres de abusadores vinculados al criminal sexual Jeffrey Epstein, Greene recibió una llamada del presidente.
Según su testimonio, testigos pudieron oír a Trump gritarle a través del altavoz. “Mis amigos saldrán lastimados”, habría dicho el presidente, según Greene, para intentar disuadirla de su cruzada por la transparencia.
Esa frase, que los demócratas han aprovechado para pintar un cuadro de complicidad entre élites, resonó como una traición para la congresista, quien había conocido personalmente a víctimas de Epstein.
La insistencia de Greene en que se hicieran públicos todos los archivos del Departamento de Justicia sobre Epstein se convirtió en una obsesión y en la manzana de la discordia.
A pesar de la inicial oposición de Trump, quien luego firmó la ley que exigía la publicación, la presión de Greene y otros colegas republicanos fue implacable.
La publicación de documentos, que mostraron que Trump voló en el jet privado de Epstein en múltiples ocasiones y donde surgieron acusaciones no verificadas en su contra, sumió a la Casa Blanca en una crisis.
Funcionarios tuvieron que restar importancia a los documentos, calificando algunas acusaciones de “falsas y sensacionalistas”. La frustración en el círculo íntimo de Trump era palpable, y Greene fue el blanco de su ira.
La respuesta de Trump no se hizo esperar y fue brutal y en sus redes sociales, tildó a Greene de “traidora”, “loca” y “lunática que solo se queja”; además, retiró su apoyo para su reelección y respaldó a un rival en las primarias.
Greene argumentó que estas acusaciones no solo eran falsas, sino también peligrosas, ya que podían “radicalizar” a personas en su contra y poner su vida en riesgo.
Ante esta guerra abierta, la congresista anunció que abandonaría su escaño en enero, negándose a ser, en sus palabras, la “esposa maltratada” del presidente y su partida es un golpe simbólico y práctico para los republicanos, que ya lidian con una mayoría muy ajustada en la Cámara.
Un títere de la Casa Blanca
Paralelamente, Greene libró una guerra en un frente interno. Junto a otras congresistas republicanas, acusó al presidente de la Cámara, Mike Johnson, de marginar sistemáticamente a las mujeres del partido y de no tomar en serio su legislación.
En una entrevista televisiva, Greene tachó de “hipocresía” que Johnson se autoproclamara el “mayor campeón de las mujeres”, pero su crítica más grave, sin embargo, fue de naturaleza política.
Greene afirmó que la legislatura había sido “mayormente marginada” y acusó a Johnson de actuar bajo “órdenes directas de la Casa Blanca”.
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Esta acusación de que el líder del poder legislativo es un mero ejecutor de la agenda del ejecutivo toca el núcleo de la separación de poderes y refleja una profunda frustración entre los republicanos.
Las críticas a Johnson no son aisladas, pues la representante Elise Stefanik, aliada de Trump, declaró abiertamente que Johnson no tendría los votos para ser reelegido portavoz en ese momento.












