La investigación de Robert Muekller concluyó en marzo de 2019 con un informe que no encontró conspiración entre la campaña de Trump y Rusia, pero que tampoco exoneró al presidente de obstrucción a la justicia. CORTESIA: Occupy Democrats
El ex fiscal especial estuvo a cargo de las investigación de conspiración del Presidente con Rusia
El presidente Donald Trump reaccionó con crudeza al fallecimiento del exfiscal especial Robert Mueller, ocurrido el viernes a los 81 años, al publicar en Truth Social: “Me alegra que esté muerto. Ya no puede lastimar a personas inocentes”; la declaración reaviva la tensa relación desde la investigación sobre la injerencia rusa en las elecciones de 2016 que mantuvo al país en vilo durante dos años.

Mueller, quien dirigió el FBI durante 12 años bajo los presidentes Bush y Obama, fue designado fiscal especial en mayo de 2017, una semana después de que Trump despidiera al entonces director del FBI, James Comey; su investigación concluyó en marzo de 2019 con un informe que no encontró conspiración entre la campaña de Trump y Rusia, pero que tampoco exoneró al presidente de obstrucción a la justicia.
El informe de Mueller dejó una frase que se convertiría en el centro del enfrentamiento político: “si hubiéramos tenido la confianza de que el presidente claramente no cometió obstrucción de la justicia, lo habríamos dicho. Basados en los hechos y los estándares legales aplicables, no podemos llegar a ese juicio. Por lo tanto, aunque este informe no concluye que el presidente cometió un crimen, tampoco lo exonera”.
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Trump calificó repetidamente la investigación como una “cacería de brujas” y lanzó más de 300 ataques contra Mueller en Twitter durante su mandato; cuando se publicó el informe, el presidente declaró su “exoneración total y completa”, aunque la propia conclusión del fiscal especial desmentía esa interpretación.
Mueller defendió su trabajo en una columna del Washington Post en julio de 2020, donde afirmó que “el trabajo de la oficina del fiscal especial —sus informes, acusaciones, declaraciones de culpabilidad y condenas— debería hablar por sí mismo”, y recordó que ocho personas se declararon culpables o fueron condenadas tras el juicio, mientras más de dos docenas de individuos y entidades rusas fueron acusados de delitos federales.
La relación entre ambos hombres estuvo marcada por el silencio de Mueller frente a los ataques públicos de Trump; el biógrafo Garrett Graff describió al fiscal como “la flecha más recta de Estados Unidos”, alguien cuyo “compás moral es tan recto” que las decisiones difíciles para otros le resultaban sencillas.
Trump nunca perdonó a Mueller por no haber cerrado la investigación con una declaración clara de inocencia; durante su mandato, llegó a decir a asesores que el nombramiento del fiscal especial significaba “el fin de mi presidencia”, y consideró despedirlo en múltiples ocasiones, aunque sus abogados lo disuadieron.
La respuesta ante su muerte revela que el rencor permanece intacto; el legado de Mueller trasciende su enfrentamiento con Trump, pues fue veterano de guerra condecorado con un Corazón Púrpura en Vietnam y recibió elogios de presidentes de ambos partidos por su integridad.
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El presidente Obama, al extenderle su mandato al frente del FBI, dijo que había “establecido el estándar de oro” para dirigir la agencia; el fiscal general bajo Bush lo describió como alguien que “personifica la fidelidad, el valor y la integridad” que los agentes del FBI más valoran.
La muerte de Mueller ha generado reacciones encontradas; mientras figuras demócratas como Adam Schiff destacaron su “integridad inquebrantable y devoción al estado de derecho”, Trump optó por el desdén público, calificando la investigación que dirigió como “una de las mayores estafas en la historia política de Estados Unidos”.
La respuesta presidencial ilustra el carácter del conflicto que definió la primera administración Trump y que, años después, sigue sin resolverse en el terreno personal; Mueller, que rara vez buscó el protagonismo durante su carrera, se convirtió en el símbolo de una investigación que dividió al país, y su muerte reabre viejas heridas que el mensaje de Trump solo profundiza.











