Pese a poderío militar de Estados Unidos, la guerra con Irán ha ocasionado un extremado desgaste económico dentro del país. CORTESIA: US Department of War / Facebook
Cada día del conflicto sin visos de solución, más se deteriora la economía en el país
El alto al fuego entre Estados Unidos e Irán, que ha mantenido una frágil calma desde el pasado 7 de abril, volvió a tambalearse después de que Washington llevara a cabo nuevos ataques “de autodefensa” contra sitios de lanzamiento de misiles y embarcaciones iraníes en el sur del país.
Teherán condenó de inmediato la operación como una muestra de “mala fe y falta de fiabilidad”, advirtió que “no dejará sin respuesta ningún acto de agresión” y denunció que las acciones ocurrieron mientras una delegación negociadora encabezada por el presidente del Parlamento y el ministro de Exteriores se encontraba en Doha para destrabar las conversaciones de paz.
Te puede interesar: Tragedia en Marana: Mata a exesposa y se suicida en desierto
El episodio resume la paradoja de un conflicto que, a punto de cumplir tres meses, ha dejado de ser una guerra de bombardeos para convertirse en un forcejeo diplomático salpicado de estallidos de violencia que mantienen en vilo a la economía mundial y, muy particularmente, a los hogares estadounidenses.
“El mercado debe ver que se ha alcanzado un acuerdo real en el que ambas partes se comprometan no solo a poner fin a la guerra, sino también a reabrir el estrecho de Ormuz, la vía marítima crucial que Irán ha utilizado para mantener como rehén a la economía mundial”, advirtió Rory Johnston, investigador del mercado petrolero y fundador de Commodity Context, a CNN.
El analista subrayó que “nada ha cambiado fundamentalmente. El estrecho sigue cerrado”, y recordó que Teherán se resiste a reabrir el paso porque constituye su principal moneda de cambio; “en cuanto abran ese grifo, perderán rápidamente poder de negociación”, sentenció.
El secretario de Estado, Marco Rubio, confirmó el lunes que las conversaciones avanzan y que “hay una propuesta bastante sólida sobre la mesa”, pero admitió que los detalles técnicos del programa nuclear iraní “no se pueden resolver en 72 horas en el reverso de una servilleta”.
Mientras la diplomacia avanza a trompicones, los consumidores estadounidenses siguen pagando las consecuencias de un conflicto que ha disparado el precio de la gasolina muy por encima de los niveles previos a la guerra.
Según la Asociación Automovilística Estadounidense (AAA, por sus siglas en inglés), el promedio nacional de la gasolina regular sin plomo se situaba este martes en 4.49 dólares por galón, un incremento superior al 50 por ciento respecto de los menos de tres dólares que costaba antes de que las hostilidades estallaran el 28 de febrero.
En Arizona, la situación es aún más severa: la gasolina de grado medio alcanzó los 5.17 dólares por galón en la semana que terminó el 16 de mayo, y los conductores del área metropolitana de Phoenix enfrentan precios que rondan los 4.92 dólares para el combustible regular, según datos de la AAA y del Departamento de Agricultura citados por la agencia Reuters.
El impacto agregado sobre los hogares ya resulta devastador e investigadores de la Escuela Watson de Asuntos Internacionales y Públicos de la Universidad de Brown estiman que los consumidores han pagado cerca de 48 mil millones de dólares adicionales en costos de combustible desde que comenzó el conflicto, lo que supone una carga promedio de 364.40 dólares por familia.
El economista Justin Wolfers, de la Universidad de Michigan, advirtió que los estadounidenses podrían estar lidiando con este “impuesto iraní” durante “meses y probablemente años”.
La inflación general escaló en abril al 3.8 por ciento anual —el nivel más alto desde mayo de 2023— y las expectativas de inflación de los consumidores para el próximo año se dispararon al 4.8 por ciento en la última encuesta de la Universidad de Michigan, un indicador que refleja el pesimismo creciente de las familias.
El encarecimiento del diésel, cuyo precio ha subido más del 50 por ciento, está provocando un efecto cascada sobre los alimentos y otros bienes de consumo.
A ello se suma una crisis de fertilizantes que amenaza con desatar una emergencia alimentaria mundial: aproximadamente el 30 por ciento del comercio global de fertilizantes transitaba por el estrecho de Ormuz antes de la guerra, y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) advirtió el 20 de mayo que el cierre persistente del estrecho “podría desencadenar una grave crisis mundial de precios de los alimentos en un plazo de seis a doce meses”.
El director general de la FAO, Qu Dongyu, declaró el martes en Roma que “las decisiones que tomemos ahora determinarán si esto sigue siendo un choque manejable o si se convierte en una crisis de seguridad alimentaria mundial más profunda en 2026, 2027 y más allá”.
El precio de los fertilizantes se ha disparado un 80 por ciento desde el inicio de las hostilidades, según análisis de la BBC.
La Casa Blanca ha prometido que los precios de la energía se desplomarán “tan pronto como se abran los estrechos”, en palabras del director del Consejo Económico Nacional, Kevin Hassett; sin embargo, los analistas advierten de lo que empieza a denominarse la “resaca de Ormuz”.
Henrietta Treyz, de AGF Investments, señaló que la normalización de los flujos energéticos se medirá “en trimestres y años”, y Sultan Al Jaber, director ejecutivo de la petrolera estatal emiratí ADNOC, estimó que incluso si el conflicto terminara de inmediato, harían falta al menos cuatro meses para recuperar apenas el 80 por ciento de los flujos previos a la guerra.
Wolfe Research coincidió en que “el proceso de reconstrucción de los inventarios comerciales y estratégicos se prolongará hasta bien entrado 2027”.
Con casi tres meses de conflicto a cuestas, la promesa de una paz inminente sigue siendo tan esquiva como la reapertura del estrecho que asfixia los mercados energéticos.
Recibe alertas de última hora directo en tu celular. ¡Únete a nuestro canal exclusivo de WhatsApp
Cada ronda de negociaciones que naufraga, cada ataque que viola el alto al fuego y cada semana que el paso marítimo permanece bloqueado añaden capas de incertidumbre a una economía mundial que ya se asoma al abismo de una crisis alimentaria, mientras los hogares de Arizona y del resto del país observan con angustia cómo el tanque de gasolina, el recibo del supermercado y las facturas del verano devoran unos salarios que la inflación ha dejado de respetar.
La guerra, como recordó Johnston, no ha cambiado nada fundamentalmente; solo ha conseguido que la normalidad, aquella en la que llenar el depósito no era un lujo, parezca un recuerdo cada vez más lejano.












