Hillary Walsh habla sobre sus experiencias al frente de New Frontier Immigration Law y cómo brinda su apoyo legal a la comunidad inmigrante, especialmente detenida en los centros de ICE. CORTESIA: OnSet Media
Hillary Walsh, fundadora y presidenta de New Frontier Immigration Law en Arizona, construyó una firma con más de 150 empleados desde sus inicios más humildes, cuando manejaba tres horas para ahorrar una tarifa de presentación de veinte dólares y creó una recepcionista ficticia llamada “Sarah” para contestar el teléfono con otra voz y cobrar las consultas.
En una entrevista exclusiva con Podcast Prensa Arizona, Walsh aborda las condiciones en los centros de detención privados, el impacto del sistema migratorio en las familias y su filosofía de que “a través del conflicto, la conexión puede hacerse”, mientras revela cómo sus experiencias en hogares de acogida, un orfanato en Uganda y su vida en Corea moldearon su compromiso con los derechos humanos.
Sobre los centros de detención de ICE en Arizona, como Eloy y Florence operados por empresas privadas bajo contrato gubernamental, Walsh describió el clima actual como un “basurero en llamas” donde “hay personas y sus vidas dentro del basurero”.
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Relató el caso de una inmigrante alemana de 14 años que fue secuestrada y prostituida en el “Strip” de Las Vegas y como tras recuperarla tomó su caso y pudo ayudar a ella y su familia a obtener una visa y el camino hacia a la residencia permanente.
“Se dice que uno puede cambiar la vida de otras personas y en mi caso, es un hecho, pero hay casos como éste que han cambiado mi vida –dijo con los ojos llorosos- son personas que acuden por ayuda en sus peores momentos”, dijo Walsh.
También el caso de un cliente afgano que recibió asilo de tres jueces de inmigración diferentes, pero ICE lo detuvo igual; “ha estado sentado en ese centro de detención por más de 180 días, esperando que algo suceda”.
Cuando se le pregunta si los detenidos con casos activos son vulnerables, Walsh responde sin titubeos: “todo el mundo es un blanco justo” . Su firma ha documentado cómo la negligencia médica y las condiciones insalubres afectan a cientos de clientes que esperan sus casos mientras las corporaciones privadas lucran con dinero de los contribuyentes, creando incentivos perversos que priorizan llenar camas sobre proteger derechos humanos básicos.
El miedo más común entre sus clientes en Arizona, explica Walsh, es la deportación y la separación familiar; “los inmigrantes no pueden vivir libres si no tienen control sobre sus vidas”.
Su firma aborda estos temores mostrando a cada cliente un camino legal claro, desglosando opciones que muchos desconocen y ofreciendo no solo representación legal sino también recursos de salud mental a través de la Fundación New Frontier.
Walsh ha representado casos ante la Corte Suprema y múltiples tribunales de apelaciones federales . En Dijar Duran v. Barr logró una remisión y la concesión de suspensión de expulsión para su cliente; en Ramos-Rodriguez v. Whittaker, no solo obtuvo la remisión del caso ante el Noveno Circuito sino también honorarios de abogados para su cliente, estableciendo precedentes importantes en la jurisprudencia migratoria.
Uno de los casos que más la ha impactado es el de Karla, una clienta cuyo esposo ciudadano estadounidense la amenazaba con deportación cada vez que intentaba dejar el matrimonio; con protección bajo la Ley de Violencia contra la Mujer (VAWA), Karla pudo obtener residencia legal y finalmente dejar a su abusador.
“Ver a alguien pasar de ser prisionera de su propio matrimonio a vivir libremente con sus hijos es el motivo por el que hago esto”, confiesa Walsh.
Su filosofía de que “hay una solución para cada problema” nace de su propia historia; mientras su esposo estaba desplegado en el extranjero, se ofreció como voluntaria en un orfanato en Uganda y vio las realidades crudas que enfrentaban los niños de la calle, algunos ex niños soldado.
“Los derechos humanos dejaron de ser abstractos” en ese momento, recuerda, y fue entonces cuando “voy a ser abogada” se volvió concreto.
Walsh explica que “vivir libre” en Estados Unidos significa tener una licencia de conducir, un número de Seguro Social y permiso para trabajar; su firma ayuda a los inmigrantes a alcanzar esta libertad navegando los complejos caminos legales, ya sea a través de visas familiares, protecciones humanitarias o ajustes de estatus.
Los inicios de su firma fueron extraordinariamente humildes y Walsh recuerda haber manejado tres horas para ahorrar una tarifa de presentación de veinte dólares y haber creado una recepcionista ficticia llamada “Sarah” para contestar el teléfono con otra voz, tomar el pago de las consultas, silenciar y luego regresar como “la abogada Hillary”.
“Las mismas dificultades que enfrenté al principio me enseñaron a valorar cada recurso”, reflexiona.
Hoy, con más de 150 empleados y oficinas en Phoenix, Glendale y Los Ángeles, Walshasegura que cada caso sigue siendo personalizado mediante un enfoque de “trauma informado” donde el personal está entrenado para manejar casos con sensibilidad cultural.
“Cuando entiendes las historias humanas detrás de los titulares, las opiniones cambian”, dice.
Como profesora de derecho migratorio y presentadora del podcast “Immigration LawMade Easy!”, Walsh identifica el mayor concepto erróneo sobre la ley migratoria: “la gente fue enseñada a esperar una reforma. Esperar se convirtió en un sustituto de la estrategia”.
Insiste en que existen caminos legales actuales que muchos desconocen porque el debate público se ha centrado exclusivamente en la acción legislativa.
Su breve tiempo en hogares de acogida durante la adolescencia dejó una huella profunda en su enfoque legal; “pasas cualquier tiempo en esos entornos y causan una gran impresión”.
Esa experiencia le permitió “conectarme mejor con mis clientes porque entiendo lo que es enfrentar el sistema judicial con consecuencias familiares graves, incluyendo si pueden mantener a sus familias unidas”.
Mientras vivía en Corea, donde su esposo estaba destinado, comenzó a ejercer el derecho migratorio de forma remota para clientes en Arizona antes de la revolución del teletrabajo; “así es como aprendí derecho migratorio”, confiesa.
Sin oficina física, coordinaba envíos por FedEx desde la medianoche, daba instrucciones por teléfono sobre cómo engrapar documentos, y usaba un solo teléfono celular como línea principal.
Walsh expresa esperanza en una reforma migratoria en la próxima década, pero si pudiera ver un cambio inmediato, sería abordar las barreras estructurales que mantienen a las familias separadas por décadas.
Critica la idea simplista de que existe una “manera correcta” para todos, señalando que para mexicanos, indios y filipinos la espera puede extenderse veinte años o más.
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Su filosofía de que “a través del conflicto, la conexión puede hacerse” guía su enfoque en un entorno polarizado: “Tal vez entonces podamos empezar a poner nuestros zapatos junto a los de más personas. No tenemos que ponernos sus zapatos en nuestros pies para poder conectarnos con ellos”, explica.
Como esposa y madre de cuatro hijos, equilibra sus múltiples roles con estrategias deliberadas: mañanas lentas en el sofá con café y niños cerca, sin reuniones antes de las nueve o diez, chef en casa que prepara cenas tres noches por semana, y viernes de pizza familiar.
“No puedes contratar personal para quien tengas que actuar. En casa, necesitas ser tú mismo”, concluye.












