Lee la columna de esta edición de Salvador Reza, en la que escribe sobre el endurecimiento de los operativos de ICE hasta las críticas a la FIFA. Foto: Generada con Google Gemini
Al tiempo que los oficiales de ICE nos cazan como animales salvajes; al tiempo que, en la guerra de Irán, se lanzan bombas y misiles como cohetes en un 4 de julio en Estados Unidos; al tiempo que mueren miles de personas y millones quedan heridas en todo el mundo por armas sofisticadas guiadas por satélites; al tiempo que quedamos embobados con la idealización del narco en las pantallas de Telemundo con la novela El Señor de los Cielos; al mismo tiempo aflora nuestro patriotismo nacional con los himnos y las banderas de todos los participantes en el Mundial de fútbol, con la mano en el corazón y llorando cuando nuestra selección gana, pierde o queda eliminada.
Un mundo dividido en nacionalidades está unificado por el capital corporativo mundial.
¿Cómo, si no, puede Donald Trump quitarle la tarjeta roja al jugador de la selección de Estados Unidos, Folarin Balogun, con una simple llamada al presidente de la FIFA, Gianni Infantino?
Las reglas se van por la borda, de la misma manera que el derecho internacional se tira a la basura cuando los poderes corporativos quieren apoderarse del petróleo venezolano o iraní.
El cuento de la soberanía ya no se lo cree nadie, ni siquiera los organismos internacionales, que bien saben que son siervos de los poderes corporativos, los cuales hacen y deshacen en favor de los dueños del capital.
Se le puede llamar BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, las economías emergentes de las que toma su nombre el bloque económico).
También se le puede llamar G7, el Grupo de los Siete, integrado por Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón, el Reino Unido y Estados Unidos, junto con la Unión Europea. Pero lo que estas alianzas internacionales esconden, en su pugna por el poder mundial, es que no se gobiernan por sí solas.
Según esta visión, son controladas, dirigidas y orientadas por corporaciones que las utilizan de la misma manera que los narcotraficantes utilizan a los políticos para controlar las plazas de distribución de drogas.
El nacionalismo es el arma con la que los pueblos son programados para servir a los intereses del capital corporativo mundial y es como si a la FIFA realmente le importara si gana España, Argentina o Inglaterra.
A las corporaciones que patrocinan la Copa Mundial lo único que les interesa es el dinero, y utilizan ese nacionalismo para generar ganancias a partir de las masas ilusionadas con su selección.
Messi, Mbappé, Maradona y Pelé siguen siendo, desde esta perspectiva, esclavos del capital. Para una corporación internacional como Home Depot, mientras los consumidores la identifiquen como patrocinadora del deporte y continúen comprando en sus tiendas, eso es lo único que importa.
Que agentes migratorios arresten jornaleros en un Home Depot de Los Ángeles no parece preocuparles, a menos que alguno de esos deportistas se aliara con la causa del pueblo, entonces, sin dudarlo, le sacarían la tarjeta roja y lo dejarían fuera del juego por no ser un buen esclavo.
Como dije al principio, estamos viviendo muchas realidades ilusorias.
¿Cómo vamos a romper ese espejismo con el que nos extraen el sudor, nos quitan nuestras tierras y explotan nuestra fuerza de trabajo, de la misma manera que ocurría con las tiendas de raya y las plantaciones esclavistas?
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Primero, entendiendo que estamos hipnotizados por seres desalmados que se disfrazan de gobiernos, políticos y empresarios para participar en lo que el autor considera el mayor robo de nuestros cerebros y de nuestras vidas, en beneficio del 10 % que posee más del 90 % de la riqueza mundial.
Pero, antes de intentar desmantelar la telaraña, necesitamos saber que existen viudas negras y que, si las provocas, pueden picarte y matarte y peor aún si no sabes que esa telaraña fue tejida precisamente para atraparte.











